Querido Gabriel, niño de luz, que llevabas escrito en el rostro la bondad con la que la infancia se suele incorporar a la vida. Tu sonrisa limpia, capitaneada por una mirada feliz, construyendo sobre tu propia cara la metáfora tierna y profunda de la alegría.

Hoy te escribo rodeado de silencio nocturno, cuando tu esencia está ya en otras residencias, para pedirte perdón, como persona, por lo que te han hecho; porque nada de lo humano nos debe ser ajeno.

Has sembrado de emoción este mundo de adultos, con frecuencia frio y apresurado; has hecho brotar lo mejor de mucha gente anónima que, bañada en lágrimas, te han rendido su más sincero homenaje; nos has cundido la emoción por corazones en desuso y has sido el hijo común y celebrado que a través de su lenguaje no verbal nos ha devuelto al fondón enriquecedor de ser persona. Y te lo debemos a tí, porque como decía Ortega: “en el dolor nos hacemos y en el placer nos gastamos”.

A tí, querido Gabriel, para que nos hagas comprender algún día el por qué de ésta sociedad alocada en la que nos dejas. Palabras que buscan el consuelo de tu injusta pérdida; el dolor ajeno que se hace partícipe del nuestro en ese mágico confluir que nos dona la empatía. A tí, querido Gabriel, para que nos enseñes a no odiar, a pesar de todo, comportamiento irracionales que chocan frontalmente con cualquier alma poética.

Aferrarse a las palabras para que ellas nos lleven, por la liana de los párrafos, hasta el rincón chiquito donde queda ya guardado tu sagrado recuerdo. Pedirle auxilio al lenguaje, para que acaso nos limpie esta pena infinita que tizna ya de impotencia y luto. Lograr transformarse con tu persona, en comunión con tu más tierna esencia, para que nos salves de tanta ignominia que tristemente nos rodea. Resistir para seguir viviéndote y transformar el llanto prematuro en apaciguada bondad; que tanto tú, como tus padres, habéis sabido transmitirnos.

Descansa en paz querido Gabriel, entrañable pescaito. Y sigamos construyendo sueños de utopía y almíbar para que la esperanza jamás se nos agote. A tí, a tu bondad, que tanto nos vive y repercute.