A Juan Cruz: porque la vida son los gestos

La vida son los gestos. Es una frase que suelo repetir muy a menudo, a modo de familiar aforismo, porque creo en lo profundo de su significado; en la propia sustancia del significado radical de las palabras ahí reunidas.

Los gestos de una sonrisa sincera que te desvelan una metáfora de alegría que va pincelando el rostro. Palabras amables en conversaciones que tampoco tienen que tener mucha trascendencia, el saludo cordial por donde dos biografías que se encuentran celebran la alegría de seguir siendo. Un guiño al instante, paréntesis entre el apresurado tiempo, de tal forma que lo más chiquito confluya en grandioso. Incluso un Fav, o un Rt, en tiempos de sociedad del conocimiento, mundo 2.0 y en este plan.

La vida son los gestos; como digo, de ahí que hoy me apetezca narrar uno de ellos, a modo de storytelling, o breve historia personal. Ya dejo a su amable y libre elección la categoría de lo que les narro. Pero si que he querido traerlo a colación para dar cuenta de ello; para que no se me quede desdeñado en el olvido, por cualquiera de las galerías poco habitadas del cerebro. Y a ello me pongo, cuando la mañana me dona un silencio creativo y las palabras fluyen por el folio, a modo de testamento vital expresando que seguimos vivos.

Un día se me ocurrió la idea de ir a visitar a Juan Cruz, uno de los periodistas que más admiro; ya no por su raíz mineral de periodista de raza, sino por su vena literaria, por donde corre una sangre lírica y tinerfeña. Y lo hice, ahora lo pienso, con el similar afán de, cuando uno escribe, pedirle auxilio a las palabras; esto es, buscar su consejo sabio, el himno elocuente de su experiencia de vida, el fondón más humano que llevaba ya muchos años derramando por sus entrañables libros.

Después de salvar la identificación protocolaria y la leve espera, tuve la oportunidad de adentrarme en su despacho, chiquito y con aroma de conocimiento y libros. Allí estaba yo, sentado frente al mismísimo Juan Cruz, en cuya agenda apretadísima, a modo de generosidad muy digna de mención, me había hecho un hueco humano y sincero, mientras la vida seguía transcurriendo con su fogonazo de prisa sin cansancio y su realidad acontecida pendiente de sus innumerables titulares.

Juan tiene esa voz peculiar que a mí tanto me gusta; esos ojos traviesos que lo escrutan todo con una rapidez abrumadora; ese balcón de mirada que divisan de continuo el exterior por si, de lo acontecido, se puede sacar material para un nuevo libro o un breve relato. Y tiene la imborrable huella de niño grande, a la manera de Cortázar, por donde va y viene de continuo, sin cesar, buscando la añorada infancia; esa patria sagrada de la que acaso, nunca se debiera partir o, en su defecto, poder regresar a ella con el alma intacta.

Busco en Juan Cruz; el mismísimo Juan Cruz, la complicidad de una conversación tranquila, acaso de algunas breves confesiones por donde le encumbro a la categoría de amigo; aunque bien es verdad que en algunos momentos, éste modesto ciudadano, cae también en la cuenta de su casi obsceno atrevimiento. Y Juan se muestra amable y humano, amigable en la distancia corta, muy similar al periodista o escritor que yo ya tenía retratado en el mapa mental de la memoria. Recopilo de él su amabilidad sin ambages; su plena disponibilidad certera y amable; sus frases con sustancia; su ir y venir de la creatividad hacia la estética; su humana figura, su personal forma de ser que tanto te contagia. Y, sobre todo, su último detalle, del todo imperecedero, al coger dos libros de su despacho y regalármelos. Gracias por tanto.

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