Asistimos desde hace mucho tiempo a un circo mediático, obsceno y repetitivo, del que parece que casi todo el mundo quiere formar parte. Una realidad líquida en la que se hecha en falta lo que Adela Cortina siempre ha demandado; esto es, un pacto mínimo, ético y moral, entre las partes. Pero como ello, de momento no sucede, cada cual se cree con la capacidad de decir lo que mejor le plazca, en un río de egos revueltos para ganancia de pescadores avispados donde, en ausencia de verdades contrastadas, la media verdad se convierte en el preciado botín de los más mediocres.

Apelando al consabido genérico de “la ciudadanía”, donde cada quien y cada cual se cree en el derecho de sumar su dosis de populismo, para el beneplácito de las más bajas emociones, se parte del hecho inaudito de creer que ese genérico al uso, llamado “ciudadanía”, son una pasta de seres a los que hay que enseñar contínuamente, aparte de dar por asumido que no están a la altura de tanto expertazo y, por lo tanto, se le puede engañar fácilmente con las herramientas de la treta, la verdad a medias y la arenga a voz en grito para levantar el ánimo.

Se construyen grupos de personajes encasillados en rediles; cacareos repetitivos para expandir el ruido y medias verdades muy protocolarias que llegan a alcanzar una viralidad de espanto. No les da por formar equipos de alto rendimiento donde la suma de las partes contribuya a revalorizar la misión común y los marcados objetivos; ni por expandir el ejemplo cívico de una comunicación transparente donde todo fluya; ni por el mejor de los desempeños para invitar a mejores y más ilusionantes alianzas. No; por eso no les da. Les sigue dando por creerse más listos que el común de los mortales, desde las atalayas pagadas con el dinero de todos y todas, cuya simbología esencial sería, y es, prestar un servicio a las personas que le han otorgado dicha representatividad y confianza. Se representan a ellos mismos, inmersos en una matriz de prioridades, cuyo centro esencial siguen siendo sus asuntos propios.

Y luego uno lee voces de la parte discordante, apelar al respeto a las instituciones y a la ética, sin una autoridad moral que les avale. Porque cuando ha visto a ciertos personajes acudir al puesto de trabajo cuando les viene en gana; derrochar dinero público a mansalva; medrar en todo tipo de escenarios; obrar desde el cinismo más frío y enfermizo; utilizar lo que sería de todos para el propio beneficio y tratar a los suyos propios, creyéndose siempre superiores, cómo poco menos que objetos de usar y tirar, dependiendo del antojo, hay que ser muy certeros en el obsceno postureo para que el entramado de mentira desvergonzada, cale.

Se echa en falta una pedagogía cívica pausada y reflexiva, una verdadera autoridad moral que, desde la imparcialidad más objetiva, sea capaz de parar el golferío reinante; proceda de las filas que proceda. Se echa en falta que los teóricos de la cosa, sobre todo y ante todo, primero se respeten a si mismos, desde una conciencia limpia, autocrítica y profundamente empática. Se echa en falta que alguna vez el mal no pueda ser rentable; que la integridad sea el lema más subliminal y ejemplarizante; que el dócil silencio no vuelva a otorgar carta de complicidad a los más tóxicos y dañinos. Se echa en falta una limpia creatividad que, en vez de desafección, nos traiga nuevas perspectivas. Dado que si ello alguna vez sucede, como los equipos excelentes, estaremos en disposición de celebrar la victoria conjunta.