De capataces turbios

De los variopintos personajes que conforman el, a veces, patético teatro de la vida -donde nunca cae el telón- hoy quisiera rescatar para estas líneas al capataz turbio que aún pervive en muchos ámbitos.

Éste personaje se suele ubicar en la mitad del escalafón piramidal, a medio camino entre la eterna gloria que espera de su inmediato superior y las dentelladas foribundas que le endilga a cualquier mandado; no ya que se le aproxime, sino que interfiera en su singladura de comodidad y peloteo, o fingimiento y posterior desmán. Zote con suerte, el personaje en cuestión vive a expensas de otros y ejerce sobre ellos un fascismo sublime y brutal, aunque la apariencia mostrada sea la de un demócrata convencido de los de toda la vida. Él rinde cuentas y respeto desde su escalafón, hacia arriba. Desde su escalafón, para abajo, donde dijo digo, dice Diego; esto es, todo se le antoja vulgar plebe, meros objetos para utilizar en su propio provecho y conveniencia.

El peligro de estos comportamientos no es baladí, ya que pueden avanzar con sigilo desde sus protegidas trincheras y extender el mal allá donde vayan. Viven agazapados en despachos, oficinas, entornos laborales… y parece que la convivencia, la solidaridad entre personas, el trabajo en grupo, la empatía, la democracia puesta en práctica, el diálogo constructivo y la ética en el fondo y en las formas, no va con ellos. Y lo peor de todo es que muchos, debido a su lealtad perruna, son amparados por otros resabiados personajes que gozan, con esta complicidad, de mejores y perfectos servicios.

Si se descubren muchos de esta calaña, pertenecientes a la misma tribu, mal vamos para dotar de mayor y mejor calidad a la democracia. Un ciudadano demócrata, participativo y cívico, es mucho más que todo eso…

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