Recuerdo siempre el despacho grande y deshumanizado, cómo un nicho cerrado de jerarquía y protocolo. Aquel espacio algo sombrío que, sin embargo, se exhibía en mitad del paisaje con una intención de poder macho y de ascendente distancia. Lo recorría cada mañana y observaba en él un punto concreto, preñado de conversaciones sistemáticas; de gestos hueros y muy calculados; de palabras residuales que parecían perderse en el espacio, muriendo de poca sustancia y menos significado.

No muy lejos de allí, observaba el perfecto azul cielo de Madrid, limpio y extenso, que desde aquella ubicación se ofrecía como una estampa conciliadora con el presente concreto y la propia naturaleza. Era como buscar un espacio más vivo donde recrear la mirada; un paréntesis de acontecer anónimo, luz sin fisuras, o tal vez la intención constante de pincelar sobre el momento un humano retazo de poesía.

Había llegado hasta allí después de algunas dentelladas de la vida o, si se quiere, de la circunstancia orteguiana que a cada cual le corresponde y que, sin esperarlo, de completo improviso, de repente toma otro rotundo cariz para atravesar la rutina de los días y te devuelve al sobresalto y a la inseguridad de un futuro inmediato que no eres capaz de controlar. Pero también es verdad que, previamente, se había forjado un pacto tácito de amistad y camaradería; de tiempo compartido e ideales que sabían a néctar de sueños; de sonrisas y complicidades; de instantes creativos y esas cosas. O eso pensé yo en el primer momento, a modo de incurable niño grande, con más dosis de honestidad que de realismo, hasta que el propio acontecer se dió de bruces conmigo; o viceversa, que creo que así se nomina de manera más precisa.

A media mañana, de una mañana muy precisa, fui citado de improviso en aquel despacho protocolario y frío, nicho de poder en modo macho; como ya queda dicho, y al cerrar la puerta tras de mí iba a asistir a toda una representación de soberbia infinita que, por unos instantes, hasta pensé que se transmutaba en puro odio. Se me comunicaba el cese con palabras muy poco metafóricas, de manera muy rápida y también harto premeditadas. Se sucedía, por tanto, una acción muy calculada, y quien lo hacía se encargaba de acelerar la voz y el pulso, como si en aquella acción tan poco estética, se le fuera subiendo hasta las galerías del cerebro un himno rotundo de mando en plaza, a cuyas bridas se acogía con más fuerza. Cabalgaba por aquel gesto con soltura, sin un ápice de intención que reblandeciera el rostro; al contrario, noté que hasta los ojos también le subía una rabia fuera de sí que se iba transmutando en pura inquina.

Y entonces, mientras asistía a aquella escena tan poco amigable y decorosa, me iba preguntando de qué esencias sutiles estaría hecha el alma humana y, si acaso, a qué oscuros vaivenes obedecía aquel capricho tan salvaje; porque lo que estaba claro es que aquello nacía de un capricho, sin causa justificada, que son los caprichos de los personajes que pasan su vida tratando a las personas como objetos. Caprichos de gente consentida hasta la médula, y también vacíos hasta la propia raíz mineral de sus esencias, huyendo constantemente de si mismos, rodeados de humo y de carencias.

Observaba la escena con una compasión no calculada; no daba crédito a lo que allí acontecía; me era complicado asimilar aquel comportamiento cínico y bipolar que, de la risa protocolaria y de manual social aprendida en dos tardes, tornaba a la voz fuera de sí y al aquí mando yo y santas pascuas. Y al finalizar aquella escena tan dramática, impúdica y de nulo estilo, me marché obedeciendo las estrictas órdenes de un personaje de principios reversibles. Eso si, a los pocos pasos bañé mi rostro con leves y repentinas lágrimas, mientras me acordaba de la voz de Lorca: “y lloro porque me da la gana”.

Ahí te quedas, pensé, con tu personalidad repleta de astucia en la recámara; con tu sueldo descomunal e inmerecido; con tus constantes prisas para llegar siempre a ninguna parte; con tu cinismo vitalicio y tu yoismo hambriento de pose y primer plano. Te quedas con tus carencias más profundas; con tu risa de plástico que se dibuja en dos minutos; con tu saludar por jerarquías; con tu continuo medrar para seguir mimando tu zona de confort. Ahí te quedas, pensé, con tu mentira en costra; con tu permanente personalidad mirándose el ombligo; con tu soledad más honda; con tu proceder injusto y a sabiendas. Y me marché, sigiloso y tranquilo, tachando a aquel personaje dañino del altar chiquito de los imprescindibles. Al fin y al cabo, no podía destituirme de la vida, donde seguía y sigo encaramando sueños.