Opinión

Nuestro lado más humano

Nuestro lado más humano

Hace unos días, desde la web de LLYC, junto con DDB y Picnic, anunciaban la excelente iniciativa de #stayhuman que, a mi modesto parecer, es un acertado propósito colaborativo con una llamada de atención al lado más humano de los futuros liderazgos. Un gesto esencial del que, de una manera reflexiva, se pueden extraer muchas enseñanzas.

La iniciativa en sí merece unos momentos sustanciales de atención, a pesar de la ingente cantidad de información que a todos nos rodea, porque pone de manifiesto un necesario esencialismo que, a la vez que nos vamos incorporando a la llamada nueva normalidad, será un punto de inflexión para construir un nuevo futuro más humano y creativo.

Venimos de un confinamiento duro y doloroso, donde por suerte también hemos visto; por parte de empresas y ciudadanía, gestos y actitudes que han puesto de manifiesto una solidaridad y humanismo que no veíamos en nuestra rutina diaria o, si se producía, tampoco estábamos en condiciones de prestarle la atención debida, por culpa de la aceleración diaria que a todos y todas nos embarga.

Pero motivado por ese obligado alto en el camino, donde nos hemos topado con el miedo y la certeza de la fragilidad del ser humano; con las lágrimas y la desesperación ante lo desconocido; con la pena honda de ir dejando en el camino a familiares y amigos, sin la oportunidad de despedirse y despedirlos; motivado por ello, como digo, nos surge la oportunidad de aplicar otras maneras de comportamiento en el devenir más inmediato.

Que a partir de ahora nos sepamos forjar en una existencia más nutritiva de colaboración; que con lo aprendido durante este confinamiento duro y responsable, sigamos apelando al lado más humano del que hemos podido servirnos para salvarnos y salvar la circunstancia; que todo el acontecer oscuro que hemos atravesado, nos sepa dejar una enseñanza más profunda de cómo construir un bien común del que todos y todas podamos beneficiarnos. Un ser conscientes de que las personas, con su individualidad enriquecedora e irrepetible, son lo primero.

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Te queremos

Te queremos

A Irene, porque la vida son los gestos…

Te queremos es un plural que abriga, dos palabras que al unísono envían un himno sutil de cariño, una pincelada de ternura; un ápice de humanismo entre tanta cruda realidad y desconcierto. Las recibo a través de un DM en twitter; que acaso es una especie de reservado entre el baile incesante de conversaciones por dicha red social. Y me quedo acurrucado a ellas, cual niño grande amarrado a su infancia, porque tienen un valor incalculable, malecón donde asirse hasta que pasen las aguas turbulentas.

No cabe duda de que nos ha tocado vivir momentos inesperados, muy complicados en muchos aspectos, pero también un acicate para construir con ellos un futuro de esperanza donde los objetivos sean algo más comunes y los retos menos improvisados y más eficientes. Vamos a necesitar de un reajuste de nuestras miras y valores; una reflexión profunda de por qué o cómo hemos llegado a donde estamos, teniendo claro que, una vez tengamos las respuestas, ya se estarán formulando nuevas preguntas. Nos tocará anticiparnos constantemente a lo venidero, ayudándonos con liderazgos ejemplares que nos inviten a recorrer juntos el camino.

Es un tiempo duro donde algunos de nuestros familiares se han quedado en el camino, varados en una distancia rotunda y abismal que el destino les ha puesto de por medio. Momentos difíciles donde la presencia de la enfermedad lo acapara todo: tu atención, tu continua preocupación, la enorme tarea de saber gestionar muy bien el ánimo. Tiempos de calles vacías y silencio no deseado que puebla las ciudades; de distancias inusuales por donde no pueden hacerse efectivos los abrazos; de besos a la espera, mientras las miradas o las palalabras procuran ese salvavidas de acercamiento.

Pero también es un tiempo de esperanza; de saber estrechar lazos comunes para salir a flote. Una oportunidad para paladear los instantes de un tiempo irrepetible, calibrar en buena medida el índice sagrado de los valores intangibles, valorar todo cuanto nos rodea. Ser, en definitiva, mucho más que estar; porque si en verdad somos, estaremos mucho mejor. Y ser en modo radical; con hondura de significado, con afianzamiento de esas raíces minerales que pueden construir unas sociedades más constructivas y decentes.

Agradezco pues esa magia del “te queremos”, porque también es un síntoma de apreciada empatía. Pese a todo, te pones en el lugar del otro, te haces cargo de su particular circunstancia, le prestas tu sincero ánimo para que enseguida se reponga y camine junto a tí. Son palabras sencillas que curan, se acurrucan en tu pequeño regazo, vienen desnudas de costumbres sociales y protocolo. Son al desnudo, con su hondura de siglos, transmitiendo su más pleno sentido. Gracias por tanto.

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La puesta en escena de don Casado

La puesta en escena de don Casado

La puesta en escena de don Casado es la escenificación de un ego revuelto que, sin anestesia ni nada, le perpetra a la concurrencia una dura cacofonía muy difícil de digerir. Si uno observa el paciente público que tiene detrás de sus no muy curtidos costillares, observamos que el lenguaje no verbal expresa, casi unánimemente, un hastío respetuoso que se ahorra, por lo mismo, el gesto del reparador bostezo.

Bien es verdad que la escenografía que uno coloca a las espaldas, en cada mitin, es un alto riesgo que, como tal, puede producir el efecto contrario al que uno pretende; como es el caso que nos ocupa. Ya no es que los tuyos te acompañen en esa tarea diaria de la captación del voto, sino que los tuyos propios te están escenificando un obsceno hartazgo en el rostro; un cansinismo carente de emoción, cuya rutina sin significado, le va subiendo a los ojos una huella sutil de tristeza bien pesada.

La comunicación del siglo XXI, dirigida a una ciudadanía culta y muy bien informada, no es el monólogo al que nos han tenido acostumbrados más de cuatro, con ese mensaje unidireccional que, la mayoría de las veces, no se cree ni el mismo que lo está enhebrando desde un papel leído, porque también debe cansar mucho aprendérselo de memoria. La comunicación del siglo XXI tiene que construir una historia, o storytelling, donde la ciudadanía en su conjunto sea la mayor protagonista. Enmarcarla en la esencia de sus aspiraciones; de sus ilusiones; de sus visiones de futuro; de sus inquietudes y ganas de equivaler con sus semejantes. Y a partir de ahí construir un texto honesto y decente que los haga partícipes; que no es el caso.

Don Casado, a juzgar por ésta y otras intervenciones parecidas, prefiere entrar en el bucle de la descalificación hacia el otro y el mensaje extremista, sin un ápice de pedagogía cívica que sustente el contenido. No aúpa contenidos con un mínimo de significación esencial que pudiera ser propensa al posterior debate constructivo. Es un títere sin fondo buscando el voto que se le pueda ir hacia los recovecos de la derecha extrema. Y sigue considerando a los representantes, poco menos que tontos útiles para el mero hecho de sus propios intereses.

Vivimos tiempos de mucha incertidumbre, no menos circo mediático y, por supuesto, una prisa desmesurada que se olvida muchas veces del contenido esencial de los mensajes. Un presente en el que todo vale; unas maneras ruines que van cediendo su protagonismo al camino nada constructivo del insulto. Pero es justo lo contrario de lo que estamos necesitando, con lo que no me extraña nada el lenguaje no verbal, reventón de hastío, que a don Casado le hace un patético paisaje justo a sus espaldas.

Es tiempo de momentos constructivos; de tomar a la ciudadanía por hombres y mujeres inteligentes que estén dispuestas a embarcarse en un proyecto común donde, habiendo sido escuchados previamente, sean los protagonistas absolutos de cualquier campaña. Tiempo de significados que emocionen, palabras con sustancia, proyectos conjuntos que vayan dotando a las ciudades de alma. Y no concurrir como el mayor enemigo de la democracia, pregonando demagogia. Ya lo dijo Max Weber: “El político debe tener: amor apasionado por su causa; ética de su responsabilidad; mesura en sus actuaciones”. Todo lo demás es pregonar sin dar trigo; o ser un mero vocero no avalado por los hechos.

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A Juan Cruz: porque la vida son los gestos

A Juan Cruz: porque la vida son los gestos

La vida son los gestos. Es una frase que suelo repetir muy a menudo, a modo de familiar aforismo, porque creo en lo profundo de su significado; en la propia sustancia del significado radical de las palabras ahí reunidas.

Los gestos de una sonrisa sincera que te desvelan una metáfora de alegría que va pincelando el rostro. Palabras amables en conversaciones que tampoco tienen que tener mucha trascendencia, el saludo cordial por donde dos biografías que se encuentran celebran la alegría de seguir siendo. Un guiño al instante, paréntesis entre el apresurado tiempo, de tal forma que lo más chiquito confluya en grandioso. Incluso un Fav, o un Rt, en tiempos de sociedad del conocimiento, mundo 2.0 y en este plan.

La vida son los gestos; como digo, de ahí que hoy me apetezca narrar uno de ellos, a modo de storytelling, o breve historia personal. Ya dejo a su amable y libre elección la categoría de lo que les narro. Pero si que he querido traerlo a colación para dar cuenta de ello; para que no se me quede desdeñado en el olvido, por cualquiera de las galerías poco habitadas del cerebro. Y a ello me pongo, cuando la mañana me dona un silencio creativo y las palabras fluyen por el folio, a modo de testamento vital expresando que seguimos vivos.

Un día se me ocurrió la idea de ir a visitar a Juan Cruz, uno de los periodistas que más admiro; ya no por su raíz mineral de periodista de raza, sino por su vena literaria, por donde corre una sangre lírica y tinerfeña. Y lo hice, ahora lo pienso, con el similar afán de, cuando uno escribe, pedirle auxilio a las palabras; esto es, buscar su consejo sabio, el himno elocuente de su experiencia de vida, el fondón más humano que llevaba ya muchos años derramando por sus entrañables libros.

Después de salvar la identificación protocolaria y la leve espera, tuve la oportunidad de adentrarme en su despacho, chiquito y con aroma de conocimiento y libros. Allí estaba yo, sentado frente al mismísimo Juan Cruz, en cuya agenda apretadísima, a modo de generosidad muy digna de mención, me había hecho un hueco humano y sincero, mientras la vida seguía transcurriendo con su fogonazo de prisa sin cansancio y su realidad acontecida pendiente de sus innumerables titulares.

Juan tiene esa voz peculiar que a mí tanto me gusta; esos ojos traviesos que lo escrutan todo con una rapidez abrumadora; ese balcón de mirada que divisan de continuo el exterior por si, de lo acontecido, se puede sacar material para un nuevo libro o un breve relato. Y tiene la imborrable huella de niño grande, a la manera de Cortázar, por donde va y viene de continuo, sin cesar, buscando la añorada infancia; esa patria sagrada de la que acaso, nunca se debiera partir o, en su defecto, poder regresar a ella con el alma intacta.

Busco en Juan Cruz; el mismísimo Juan Cruz, la complicidad de una conversación tranquila, acaso de algunas breves confesiones por donde le encumbro a la categoría de amigo; aunque bien es verdad que en algunos momentos, éste modesto ciudadano, cae también en la cuenta de su casi obsceno atrevimiento. Y Juan se muestra amable y humano, amigable en la distancia corta, muy similar al periodista o escritor que yo ya tenía retratado en el mapa mental de la memoria. Recopilo de él su amabilidad sin ambages; su plena disponibilidad certera y amable; sus frases con sustancia; su ir y venir de la creatividad hacia la estética; su humana figura, su personal forma de ser que tanto te contagia. Y, sobre todo, su último detalle, del todo imperecedero, al coger dos libros de su despacho y regalármelos. Gracias por tanto.

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Brillar desde dentro

Brillar desde dentro

Como casi cada noche, acurrucado entre el silencio más decente y creativo, rodeado de libros que me regalan su impagable pedagogía, he hecho un alto en el camino para leer con detenimiento un sustancioso artículo de José Manuel Velasco. Leer con parsimonia, lo que escriben los otros, porque merecen la mejor atención y el mayor de los respetos. Ponerse en su lugar, a modo de nítida empatía, de tal forma que podamos entender su significado y contenido de la mejor forma posible.

https://twitter.com/nataliasara2/status/1107652404386975746

Si la memoria no me falla, he tenido dos encuentros reposados con José Manuel. Encuentros en los que, intentando no violentar el terreno de su apretada agenda, sin embargo nos dio pie a unas conversaciones tranquilas, siempre a orillas de un Madrid frenético, reventón de prisas y reuniones que, al fin y a la postre, nos va contagiando a todos de un nerviosismo casi unánime.

Debo decir, en honor a la verdad, que la primera impresión exterior que me llevé de él, era aquella estatura generosa con la que se fue aproximando hacia mi para estrecharme la mano y darnos el consabido saludo de rigor. Un hombre muy alto, por así decir, lo cual también daba un tinte de seguridad a aquella instantánea puntual y programada. Luego, pasado algo de tiempo, volví a tener otra conversación con él y, al menos en el registro de mis adentros interiores – como yo suelo llamarlos – por el tono y los asuntos tratados, pasó a engrosar la lista de lo que yo llamo amigos, esperando que el sentir sea mutuo, dicho sea de paso.

José Manuel tiene un lenguaje no verbal en sus manos que me gusta. Las va moviendo al son de sus palabras que, en definitiva, suelen ser un himno sagrado de comunicación que es para lo que él ha venido a este mundo. Y una comunicación reflexiva; reposada primero hacia adentro, para después salir al exterior con un mensaje que se imanta rápido en el interés de sus oyentes. Tiene el rostro serio, eso sí, pero también es una manera de preservar el niño soñador y anterior que fue y sigue siendo.

Y en este artículo al que me refería, donde José Manuel interpela a los lectores con una pregunta que encabeza o titula todo su escrito: ¿Brillas o iluminas?, nos pone sobre la mesa una cuestión muy de fondo que, a lo largo del artículo, con el torbellino de sus enriquecedoras ideas, nos va llevando hasta una monumental declaración de intenciones para llevar siempre consigo en la mochila de la comunicación diaria, o el comportamiento estético que uno debería regalar de continuo a los demás. Termina José Manuel su artículo de esta forma: (…) “En un mundo atenazado por incertidumbres y miedos necesitamos a referentes que iluminen caminos. Esas personas de referencia no pueden ser, como en gramática, meros signos lingüísticos que poseen sólo significante y referente y carecen de significado lingüístico, como es el caso de los nombres propios, los pronombres y las anáforas. Esas personas que ejercen como faros tienen los valores humanos cincelados en sus nombres y apellidos emiten ideas para que otros piensen y ponen su conciencia crítica al servicio de la sociedad.

Hablamos mucho, en exceso. Escuchemos más a aquellos que brillan desde dentro, desde una belleza interior que no necesita luz artificial para encenderse e iluminar”.

Brilla pues, con luz propia, el artículo de José Manuel Velasco. Y lo hace porque a lo largo del texto, aplica con miramiento palabras con sustancia. Escribe haciendo un recorrido, como diría Ortega, que va desde la creencia hasta la idea. Y en ella se para para hacernos reflexionar y trabajar la conciencia; la libertad individual; la somera capacidad de raciocinio, de análisis personal, de amor exquisito por las preguntas que tal vez nos suministren las buscadas u otras respuestas.

Brilla e ilumina, como él mismo menciona en su texto. Y de eso se trata; de llegar hasta los otros, ese plural tan en desuso, muchos veces ahogado entre un solipsismo obsceno y el círculo vicioso y sin fin de los asuntos propios. Brilla e ilumina porque apela a un faro ético que sirva de guía; a un referente que a la vez que nos tatúa sus significados, consigue hacernos mejores. Brilla e ilumina, como digo, porque invita a la escucha activa y al sosegado respeto que ha de producir cualquier entendimiento. Pide; que no es poco, poner de manifiesto la belleza interior. Y el reto no es baladí, dado que en el artículo le ha salido el comunicador de raza que se expone y lleva dentro.

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A Mercedes Soriano

A Mercedes Soriano

Lo cierto es que, el teletipo ciudadano al que yo considero twitter, me muestra la frase y foto de un perfil al que sigo, de nombre @blayams que me pone sobre aviso. Y es ahí cuando siento el incorregible deseo de escribir un breve texto que, subido a la liana de las letras, pueda viajar hasta el acontecer diario de Mercedes Soriano y, si me apuran, quedarse allí entretenido a modo de humano gesto y humilde sintonía.

En uno de sus twitts, @blayams escribe: “Y ahora estoy así. Una pena” con una foto precisa y actualizada que no me pasa desapercibida. Mercedes muestra en ella una cabeza rapada, pero lo importante es el rostro vivo y picarón, tal vez algo cansado, adornado con una mirada limpia y niña por donde se dibuja una sonrisa amable que parece traer a colación todo el rastro sagrado de su infancia.

El caso es conseguir cambiar su rotunda frase, por otra que celebre la alegría. Hacerse eco de su situación puntual y pasajera, para devolverle instantáneamente un himno de palabras precisas con el que rodear amorosamente su dilatada biografía. Palabras que acompañen, a modo de exquisitos cimientos que construyan una patria humana y común donde ninguna tristeza repentina nos sea ajena. Hacernos cargo, por así decir, del lenguaje no verbal de los otros, a modo de plural distinto y más mancomunado, para celebrar en conjunto los arpegios musicales que la vida lleva consigo en el perfil de sus instantes.

Les pido, si son tan amables, que se apeen por momento de la dictadura de las prisas; de las ingentes tareas de sus asuntos propios; de la agenda social y más protocolaria, para dedicarle unos breves minutos compañeros, instantes chiquitos condimentados con sustancia, para de esta forma extraerle a Mercedes una sonrisa reconfortante, dado que siempre es la mejor metáfora de la alegría.

Mercedes sin pena, apoyada por una llamada o un gesto sincero; un regalo sorpresivo o una sonrisa noble y duradera; un abrazo que achucha con ahínco; una frase salpimentada con humor; una dedicación de tiempo propio convergiendo en los otros; una leve iniciativa que vaya construyendo empatía. Cualquier cosa, les pido, para que nada de lo humano nos sea ajeno. Gracias anticipadas.

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Mome

Mome

Mome tenía esa sonrisa, protocolaria y floja, muy curtida en infinidad de actos donde solía acudir en busca de la foto bien estudiada, arrimándose obstensiblemente al cargazo de turno que no salía de su asombro. Cuando quedaba imbuida de una solidaridad puntual y pasajera, también se acercaba a distintas manis, para exhibir allí su pose más cínica y su figura adaptativa. Bien es verdad que lo hacía durante poco rato; el suficiente para volver a conseguir la instántanea puntual y desaparecer por los márgenes de la marcada zona participativa, con el fin de disfrutar de un buen caldo en la barra del bar más próximo.

Tenía siempre una prisa interminable, rozando el punto de lo más antiestético y chabacano. Una prisa con huir hacia ninguna parte, huera de fondo y de raíz, que tal vez escondía otras profundas carencias aún no detectadas. Le encantaba humillar a los demás, considerados muy por debajo de su imaginada estirpe, tratándolos como meros objetos de capricho, dibujando así la estela que conducía a una infancia del todo inmadura.

Le gustaba sestear en su zona privilegiada de confort, cuyo peculio inmoral e inmerecido, le permitía seguir huyendo de si misma, pavoneándose entre su ego revuelto y la frivolidad abigarrada de estar contemplándose a si mima de continuo. Si veía peligrar aquel reducto de pesebre confortable, volvía a salir al exterior para mendigar unas nuevas fotos, de tal manera que ella interpretase que era la más admirada en aquellos círculos viciosos y sociales; aunque nada más lejos de la realidad, si nos atenemos a la verdad más filosófica y platónica.

Mome disfrutaba insultando a los vivos; a poder ser, cuando no estaban presentes, ni tenían capacidad para defenderse; al tiempo que se prodigaba en loas y beneplácitos para la memoria de los ausentes, algunos de los cuales tampoco es que le hubieran brindado una amistad excesiva, más allá de la educación y las buenas formas. Era feliz haciendo daño, desde su personalidad enfermiza y bipolar; pero un daño cobarde y piramidal: de arriba a abajo, dado que de abajo a arriba, se mantenía con esa sumisión que le proyectaba una genuflexión constante. La echaban de algunos lugares, una vez detectada la personalidad pérfida y dañina del personaje, construyendo así una reputación propia que daba vergüenza ajena. Y de momento gozaba de un silencio cómplice en el que nadie molestaba sus asuntos propios. De momento…

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Por razones humanitarias

Por razones humanitarias

Por razones humanitarias te voy a pedir unos amables minutos de atención para el problema urgente de los refugiados sirios, de tal forma que, entre todos y todas; desde la mejor voluntad y la empatía más comprometida y activa, podamos lograr; sino solucionar por completo el problema que nos ocupa, al menos aminorarlo en la medida de nuestras posibilidades, lo cual ya supondría un gran logro común digno del mejor objetivo.

Se trata de salir de nuestra zona de confort, nuestra rutina diaria, el envoltorio de tranquilidad y comodidad en el que cada cual pueda estar inmerso y hacer un viaje profundo desde el corazón, a los asuntos de la gente. Abanderar con convencimiento el lema de que nada de lo humano nos sea ajeno, para de esta forma, incluir al otro en la patria humana sin fronteras que sería lo más solidario y deseable. Cambiar la primera persona del singular, con frecuencia abrazada a un solipsismo descomunal y muy poco creativo, por el nosotros, hermanado y plural, que sepa hacer causa común para que, lo aparentemente lejano, poder convertirlo en propio.

Hay más que suficientes razones para, con especial urgencia, tomar partido en esta iniciativa. Desde el año 2011, debido a la guerra civil desencadenada en Siria, la escalada de violencia y brutalidad ha ido afectando a la población civil que trata de huir de esa barbaridad tan cruenta. Hombres y mujeres; personas como tú y como yo, despavoridos y enajenados, poniendo tierra de por medio y buscando refugio y auxilio en países vecinos. Está siendo la guerra civil que más desplazados está causando en el mundo.

Hay suficientes razones para hacernos cargo del profundo y acuciante problema. El éxodo de la ciudadanía suma ya casi un 25% del total de la población en Siria. Diariamente se estima que aproximadamente unas seis mil personas sirias escapan de su país a causa de la guerra. Una cifra desorbitada e inmoral que cualquier conciencia humana no está en condiciones; ni de asimilar, ni de poder permitirse.

Se trata de cambiar, como decía, la noción de los otros, los ajenos, los lejanos, los que poco importan; por la del nosotros, los iguales, los cercanos, los propios y reconocidos, asumiendo con ello la solución de una deriva inhumana que nos concierne a todos y cada uno de nosotros, convirtiéndola en un objetivo asumible y alcanzable de trascendencias cívicas y éticas. Una suma de voluntades responsables que se hagan cargo de la envergadura del problema para dotarlo de una solución mancomunada y ética.

Te pediría, ya al final de estas líneas, un gesto importantísimo de fraternidad que, a buen seguro, tampoco te va a suponer mucho trastorno en tu vida cotidiana. Una plena defensa de los valores no perecederos e intangibles, colaborando para la donación de ayuda humanitaria que tanto necesitan y se merecen. Movilizarse para la acción nos repercute a todos y cada uno de nosotros, así como a todos y todas nos reporta un claro beneficio. Es por ello que garantizado el éxito, la movilización solidaria cobre mucho mayor sentido. Ya nos lo decía Aristóteles con su profundo aforismo: “¿Cuál es la esencia de la vida? Servir a otros y hacer el bien”. Gracias anticipadas por tu involucración.

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Oda a don Carnero

Oda a don Carnero

Por aquellas concretas fechas en que la crisis no se había aún bautizado por su significado más profundo y, sin embargo, ya se calentaban motores para preparar el inmoral menú del austericidio, apareció por mi centro de #currilaboro un tipo menudo, algo flacucho que, en mitad de la realidad dolida que se avecinaba, se incorporaba como capitán de la cosa, con un sueldo nada desdeñable.

A los pocos días, de manera tajante y muy protocolaria, me llama al despacho para concretarme la mala nueva, a la vez que con frialdad inusitada me indicaba la zona de salida. Lo acompañó con un apretón de manos gélido y correoso; que es el gesto tan común del protocolo, cuando entra en seria contradicción con el lenguaje no verbal que en esos momentos sale en desbandada.

El tipo en cuestión tomaba las riendas de sus asuntos propios en los instantes que comenzaba a arreciar una realidad dolida para el común de los mortales, aposentando sus posaderas en un mullido sillón desde donde, perpetrando alguna teoría huera e intercambiando algunas tarjetas de visita, le iba a permitir llevarse a la saca una suculenta y extraordinaria cantidad de dinero. Se podía ver como una contradicción en toda regla, pero de lo que se trataba en si, en toda su profundidad, era de una monumental estafa, a la manera que siempre la nombraba el maestro don Haro Tecglen.

La ideología de salón y previo pago, más el añadido de la Europa solidaria de a ratos y algo entrecomillada, nos dejaba un personaje que hacia una exquisita limpia de los suyos, representándose a si mismo, dentro de un solipsismo atroz al que se han aupado no pocos adeptos. Y en esas, a lo largo del tiempo, has visto también una complicidad inmoral, restregándote que el mal parece ser rentable, mientras me siento a la sombra de un alto pino y la mañana trae trinos anónimos y un danzar de pájaros que aúpa belleza hasta el balcón de mis retinas.

No sé si la vida en si es una gran obra de teatro donde, sin embargo, nunca cae el telón. Lo digo por observar cómo muchos de los representantes, desde sus teorías hueras y manidas, se abonan a la vida pública, para beneficio de sus intereses privadísimos, dejando a los representados cual Penelope de Serrat, varados en el andén de cualquier estación, esperando el próximo tren que nunca llega. Es del todo intolerable, muy alejado de las personas buena, en el sentido grande y profundo que le da la Ética, aparte de tener que gozar de una complicidad con la que jamás me he identificado. Ya lo decía Saramago: “No te pierdas a ti mismo”.

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Chacón #PerSempreCarme

Chacón #PerSempreCarme

Chacón #PerSempreCarme es ya un gesto común para conmemorar un año de tu ausencia relativa, porque anidarás para siempre en los corazones nobles que de verdad te quisieron y te quieren. Te marchaste un día hacia otras residencias, con el corazón desgastado por el uso, pero nos dejaste una manera de vivir y de sentir que nos sirve de riguroso y honesto ejemplo. La Carme más ética y humana que rubricaba siempre tu vida en esencial.

Bien es verdad que algún personaje canalla, el cual te debe casi todo, alguna vez no tuvo rubor en decirme que llevabas desde muy joven en política, con ese cinismo enfermizo que es pura toxicidad para el respeto y el recuerdo de tu persona. Gente ruin y muy poco o nada agradecida, a la que tú tampoco prodigabas; y hacías bien, un exceso de confianza. Mala gente en la distancia corta, una vez se han apagado ya las luces y los focos, construyendo una sucia radiografía de si mismos; de lo que son a medias, enfangados en su solitario mundo de protocolo y apariencia.

Pero tú eras otra cosa; tú eras ese factor transparente y humano que, con una elegancia muy distinguida, ampliaba tu estética. Había en tu rostro la sonrisa perenne que iba emparejada a la necesaria metáfora de la alegría. Tenías la mirada limpia; sin recovecos oscuros de cálculo y astucia, atenta siempre al devenir de una realidad cambiante a la que tu inteligencia, poniéndole múltiples soluciones, siempre se adelantaba. Te hacías querer por tu carácter, por ser Chacón en transparente: cercana, amiga, confidente, emocional, responsable, alegre, empática y, sobre todo, humilde, que es un rasgo de la personalidad que tanto escasea.

Te quise como política, compañera y amiga; en el sentido profundo y etimológico de la palabra. Y recuerdo una de tus frases en los múltiples correos que me intercambiaba contigo, donde te pedía consejo y complicidad en muchos aspectos. Decías: “Solo desde el bien se puede recomponer el partido. Costará pero lo haremos”. Y aquel aforismo humano y ético, profundamente moral y respetuoso, me hizo reforzar las esperanzas que nunca he perdido y admirarte por tu talla luchadora y humana.

Sigo recordando tu adorable sonrisa, tu mirar transparente que siempre calaba hondo en la emoción atenta; tus abrazos sinceros, tu permanente preocupación por la vida de la gente. Recuerdo tu voz sin aspavientos, tu tono en la medida justa, tu envidiable capacidad de reflexión sin un ápice de rencor ni malos modos. Tu saber ser y estar en modo cercanía, emocionada y emocionando, creyendo constantemente en todo lo que hacías. He ahí tu valor intangible más preciado, esa transparencia humana que tantas emociones conquistaba; tu ser en radical, donando la vida hacia los otros.

Te hacías querer y yo te quiero; te quiero y te recuerdo por los rincones modestos de mi casa. Te llevo en mi corazón de niño grande; en los recuerdos imborrables que me donaron tu grata y sincera compañía; en las distintas fotos que pueblan la retina y la memoria; en los gestos humanos que saben a conversación sincera y palabras que acompañan. Te quedas aquí, entre el silencio chiquito de esta estancia, a contraluz y con sones suaves de poesía; entre los libros que tanto acompañan, junto al minuto capaz que intenta describir lo que supones, al lado de esta modesta biografía que siempre tendrá el orgullo de haberte conocido y la que te admirará siempre, sin alharacas, ni obsceno ruido, al compás de una memoria que no olvida y el mayor de los respetos que tú te mereces. Gracias por tanto, Carme.

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